Poema de amor

Audre Lorde – Poema original

Habla tierra y bendíceme con la mayor de las riquezas
haz que la miel del cielo se derrame desde mis caderas
rígidas como montañas
extendiéndose sobre un valle
esculpido por la boca de la lluvia.

Y cuando entré en ella, supe que era
un vendaval recorriendo sus bosques
huecos dedos susurrando sonidos
miel derramada
de la copa partida
atravesada por una lanza de lenguas
por la punta de sus pezones por su ombligo
y mi aliento
aullando a sus puertas
con pulmones de dolor.

Ávida como gaviota argéntea
o niña
balanceándome sobre la tierra
una y otra
vez.

Poema flotante

Adrienne Rich – Poema original

No importa lo que pase entre nosotras, tu cuerpo
siempre estará conmigo – tu dulce y delicada
forma de hacer el amor, como la hoja en espiral
del helecho cabeza de violín en bosques
bañados por el sol. Tus muslos, viajeros, generosos,
entre los que he puesto mi cara una y otra vez –
el lugar, inocente y sabio, que mi lengua ha encontrado allí –
la viva, incesante danza de tus pezones en mi boca –
tu forma, firme y protectora, de tocarme,
buscándome, tu lengua fuerte, tus dedos finos
llegando al lugar en el que había estado esperándote durante años
en mi cueva rosa húmeda – pase lo que pase, esto es.

Podrías dormir

Paul Éluard

Ese día, al mediodía. Ligera, te mueves, y ligeros, la arena y el mar se mueven.
Admiramos el orden de las cosas, el orden de las piedras, el orden de la claridad, el orden de las horas. Pero no esta sombra que desaparece, este elemento que duele, que desaparece.
Al atardecer, la nobleza ha abandonado el cielo. Todo se consume, aquí, en este fuego que se apaga.
Al atardecer. El mar ya no tiene luz y, como en los tiempos antiguos, podrías dormir en el mar.

El corazón

Pierre Louÿs

Jadeante, tomo su mano y la aprieto con fuerza bajo la piel húmeda de mi seno izquierdo. Y muevo la cabeza de un lado a otro y los labios sin hablar.

Mi corazón enloquecido, brusco y duro, golpea y golpea mi pecho como si fuese un sátiro aprisionado dentro de un odre. Ella me dice: “Tu corazón te hace sufrir…”

“Oh, Mnasidika, le respondí, el corazón de las mujeres no está ahí. Eso es sólo un pobre pajarillo, una paloma batiendo sus débiles alas. El corazón de las mujeres es mucho más terrible.

Es como una baya de mirto, arde en la llama roja y bajo una espuma abundante. Es ahí donde siento que me muerde la voraz Afrodita.”

Notas sobre el arte de la poesía

Dylan Thomas – Poema original

Nunca habría imaginado que pudiesen pasar tantas cosas
en el mundo que encierran las tapas de los libros:
tales tormentas de arena y explosiones de hielo en las palabras,
tal asombrosa paz, tal desbordante dicha,
tal abundancia de brillante y cegadora luz
saltando sobre las páginas del libro entero
en millones de trozos y fragmentos
de palabras, palabras, palabras,
cada una de ellas viviendo para siempre
en su propio placer y gloria y extrañeza y luz.

Pasaje

Liza Flum – Poema original

Pequeño y flexible, un ratón
puede pasar por cualquier agujero
plegando su esqueleto
como se pliegan las páginas de un libro
abierto en abanico.
Así funciona, en esencia, su caja torácica.
Te sorprendería lo plana que puede llegar a ser.
Imagina que eres un periódico
y que te haces una bola. Cómo
se arrugaría tu piel.
El agujero por el que se cuela un ratón
es su descubrimiento.
Una catarata barre una superficie
de cinco veces su anchura
al precipitarse por la pared de la roca.
Es un cálculo de espacio generoso.
¿Y si el espacio libre a tu alrededor
fuese siempre igual a tu grado máximo de expansión?
Como si durmieras cada día en una cama king size.
No desesperes.
Cuando te sientas pequeño, como
del tamaño de lo que te molesta, eso es la punta
de la aguja; cuando te sientas grande, como del tamaño
de lo que amas, eso es el ojo, la mínima abertura
necesaria para que pase un hilo.

En las escaleras del Met

Stephanie Bolster – Poema original

Cuando comprendí que la primera avispa seguiría zumbando a mi alrededor,
decidí quedarme quieta y dejarla en paz.
Finas patas y amarilla toda ella, en lugar de mi piel
encontró la boca plateada de una lata de Pepsi. Se coló dentro,

y allí, se le unió otra. Mientras
ellas saciaban su sed, yo me terminaba una empanadilla aceitosa
y pensaba en que pronto ya no estaría aquí y en lo triste que es

no desear a nadie. Una de las avispas, tambaleante,
se echó a volar, seguida por la otra, como dos taxis
de Manhattan viajando en la misma dirección. Dentro,

lo que más me gustó: los pliegues del pañuelo de la mujer
del retrato de Vermeer, la profundidad de su sombra,
el tejido acercándose tanto a sí mismo, sin llegar a tocarse.