Caseta de libros

Linda Pastan, Poema original

Sólo con mirarlos
me vuelvo codiciosa, como si fueran
hogazas de pan recién horneadas,
esperando en sus estantes
a ser abiertos de repente – ese
y aquel – los elijo
con la exaltación del azar,
paciendo entre ellos
como una vaca en el prado más delicioso.

Porque la vida es un continuo
mientras ellos esperan
a ser leídos – senderos de tinta
abiertos al futuro, página
tras página, cada libro,
un nuevo horizonte.
Los sostengo, uno en cada mano,
como un curioso contrapeso que me une
a la tierra.

A la mujer de la residencia de ancianas y ancianos

Phebe Hanson, Poema original

Me contaste que cuando tenías ocho años, recién llegada
de Checoslovaquia, tu profesora te hizo memorizar
un poema que empezaba “Recuerdo, recuerdo
la casa en la que nací”. Sin saber
nuestro idioma, te aprendiste orgullosa todos los versos,
los practicaste una y otra vez delante del espejo,
pero el día de la presentación, al levantarte para recitar
delante de las familias y el resto de alumnas y alumnos,
sólo lograste decir “Recuerdo, recuerdo”,
habías olvidado el resto, y te sentaste de nuevo, avergonzada.

Ahora vives en esta residencia de ancianas y ancianos de diez plantas de altura,
donde casi todos los días, durante el primer mes, llorabas, muy sola
porque tu hijo se había ido a otra ciudad y no había podido
llevarte con él porque su nueva casa no era
lo suficientemente grande. Me dices que a veces esquivas
al profesor de manualidades, que quiere enseñarte
a convertir botellas de lejía de plástico en comederos para pájaros,
te escabulles hasta tu habitación, sintonizas la cadena de radio de Bohemia,
y bailas descalza tú sola, como solías hacer
años atrás en la casa donde naciste.

Amor después del amor

Derek Walcott – Poema original

Llegará el día
en que, con júbilo,
te darás la bienvenida a ti mismx
ante tu propia puerta, frente a tu propio espejo,
y os dibujaréis mutuamente una sonrisa

y diréis: siéntate aquí. Come.
Amarás de nuevo al extrañx que eras tú mismx.
Dale vino. Dale pan. Devuélvele tu corazón
al extrañx que te ha amado

toda tu vida, a quien olvidaste
por otrx, quien te conoce de memoria.
Baja las cartas de amor de la estantería,

las fotografías, las notas desesperadas,
toma tu imagen del espejo.
Siéntate al banquete de tu propia vida.

Razones para despertarte

Paige Lewis

Decirte que el ampelis americano invernal
es capaz de entrar por el agujero, cada vez más grande,

de tu tejado. Que las estrellas están fijas esta noche,
como si no tuvieran ganas de moverse y coger frío. Que las flores

son letales aquí y las abejas, ansiosas de néctar,
liban envoltorios de caramelo, que su miel ahora es azul

y espesa e inútil. Que los códigos de barras se utilizan
para ocultar los golpes de la fruta. Que la respuesta a

que el Señor esté contigo ha cambiado para que podamos
ignorar el cuerpo. Necesito hablarte de

las criaturas que son arrastradas desde el fondo de los valles oceánicos
a la superficie, donde sus órganos estallan, incapaces

de soportar el peso del aire. De lo que es acercarse mucho
a la superficie sin llegar a emerger. De encontrar la luz

a través del dolor de un cuerpo herido. ¿Puedo decirte
cómo lo siento? Cómo siento el suave, dulce y sedoso olor a pino

de la oscuridad. ¿Puedo despertarte para decirte que cuando era
pequeña, creía que la luna salía de día sólo para mí?

Para vivir aquí

Paul Éluard – Poema original

Hice un fuego, al haberme abandonado el cielo,
un fuego para ser su amigo,
un fuego para entrar en la noche de invierno,
un fuego para vivir mejor.

Y le di todo lo que me daba el día:
los bosques, los matorrales, los campos de trigo, los viñedos,
los nidos y sus pájaros, las casas y sus llaves,
los insectos, las flores, los abrigos de piel, las fiestas.

Viví con el único sonido de sus llamas crepitantes,
con el único perfume de su calor;
como un barco hundiéndose en las aguas cerradas,
como un muerto, no tenía más que un único elemento.

Dientes de tiburón

Kay Ryan – Poema original

En todas las cosas hay
algo de silencio. El ruido
tiene el sabor
de los pequeños fragmentos
de calma con forma
de diente de tiburón
clavados en él.
Una hora en la ciudad
quizás contenga
un minuto de estos
vestigios de un tiempo
en que el silencio,
compacto y peligroso
como un tiburón,
era rey. A veces
un trozo de cola
o de aleta se deja sentir
todavía en los parques.

Poema de amor

Audre Lorde – Poema original

Habla tierra y bendíceme con la mayor de las riquezas
haz que la miel del cielo se derrame desde mis caderas
rígidas como montañas
extendiéndose sobre un valle
esculpido por la boca de la lluvia.

Y cuando entré en ella, supe que era
un vendaval recorriendo sus bosques
huecos dedos susurrando sonidos
miel derramada
de la copa partida
atravesada por una lanza de lenguas
por la punta de sus pezones por su ombligo
y mi aliento
aullando a sus puertas
con pulmones de dolor.

Ávida como gaviota argéntea
o niña
balanceándome sobre la tierra
una y otra
vez.

Poema flotante

Adrienne Rich – Poema original

No importa lo que pase entre nosotras, tu cuerpo
siempre estará conmigo – tu dulce y delicada
forma de hacer el amor, como la hoja en espiral
del helecho cabeza de violín en bosques
bañados por el sol. Tus muslos, viajeros, generosos,
entre los que he puesto mi cara una y otra vez –
el lugar, inocente y sabio, que mi lengua ha encontrado allí –
la viva, incesante danza de tus pezones en mi boca –
tu forma, firme y protectora, de tocarme,
buscándome, tu lengua fuerte, tus dedos finos
llegando al lugar en el que había estado esperándote durante años
en mi cueva rosa húmeda – pase lo que pase, esto es.

Podrías dormir

Paul Éluard

Ese día, al mediodía. Ligera, te mueves, y ligeros, la arena y el mar se mueven.
Admiramos el orden de las cosas, el orden de las piedras, el orden de la claridad, el orden de las horas. Pero no esta sombra que desaparece, este elemento que duele, que desaparece.
Al atardecer, la nobleza ha abandonado el cielo. Todo se consume, aquí, en este fuego que se apaga.
Al atardecer. El mar ya no tiene luz y, como en los tiempos antiguos, podrías dormir en el mar.